Colombia lo tiene todo para consolidarse como un destino turístico de talla mundial: biodiversidad única, patrimonio cultural vivo, climas diversos todo el año, costas sobre dos océanos, y una oferta cada vez más sofisticada en gastronomía, naturaleza y experiencias auténticas. Pero ese potencial no despega como debería, y todos sabemos que la inseguridad sigue siendo la barrera más alta.
María Claudia Lacouture.
La violencia -en sus múltiples formas- ha impuesto una sombra persistente sobre el turismo nacional. Según el más reciente estudio de Fedesarrollo y el BID, el crimen y la violencia le costaron al país el 3.64% del PIB en 2022, equivalente a más de $ 70 billones en 2025, si se ajusta por inflación. Este impacto no solo se traduce en pérdida de vidas o daños materiales, sino en oportunidades que se esfuman: reservas canceladas, destinos excluidos, rutas bloqueadas y proyectos comunitarios truncados.
En 2025, Colombia espera recibir 7.5 millones de turistas internacionales. Pero, ante los recientes atentados, el asesinato sistemático de líderes sociales, las masacres, los bloqueos y la percepción generalizada de riesgo, el panorama es poco alentador. Organizaciones del sector ya alertan sobre el incremento de cancelaciones, restricciones de operación en zonas rurales y un creciente temor entre los propios colombianos para recorrer su país.
Mientras tanto, el mundo observa. El atentado contra el senador Miguel Uribe Turbay no solo representa un ataque directo contra la democracia, sino también una profunda herida para Colombia. Rechazamos con contundencia este acto de violencia, al igual que todos aquellos que han arrebatado vidas, sembrado miedo o dejado familias rotas. Cada víctima, cada familia que sufre, cada comunidad golpeada por el crimen nos recuerda lo urgente que es recuperar la seguridad.
Además del dolor humano -que debe ser lo primero-, este tipo de hechos vuelve a posicionar al país en los titulares internacionales por razones asociadas a la violencia, afectando gravemente nuestra imagen ante el mundo y frustrando el desarrollo de sectores como el turismo.
México, a pesar de sus retos con el crimen organizado, ha logrado proteger zonas turísticas clave como Cancún, la Riviera Maya y Ciudad de México, que aún atraen millones de visitantes. En 2024, recibió más de 42 millones de turistas, y el turismo representó el 8% de su PIB. ¿La clave? Estrategia clara en seguridad, mensajes claros, presencia estatal en destinos clave, infraestructura sólida y estrategia constante de contención y promoción.
Estados Unidos también ha afrontado episodios graves de violencia -desde tiroteos masivos hasta protestas sociales intensas-, pero sus acciones institucionales sobre seguridad y su infraestructura turística permiten una recuperación casi inmediata. (El impacto de la guerra comercial en el turismo)
Colombia, en cambio, no logra cortar el ciclo entre violencia, abandono estatal y mala imagen internacional. La percepción de inseguridad ha llegado a tal punto que ni siquiera los colombianos sienten tranquilidad para recorrer su país. Y cambiar esa percepción es mucho más difícil que construir aeropuertos, capacitar guías o diseñar campañas de promoción.
No podemos permitirnos retroceder. Es urgente que el Estado colombiano actúe con determinación, deje el romanticismo de establecer una paz total con delincuentes, para garantizar una seguridad real en las rutas y los destinos turísticos, reforzar la presencia institucional en los territorios más olvidados, proteger a los empresarios, guías, comunidades y operadores que todos los días le apuestan al turismo, y, sobre todo, enviar un mensaje claro y coherente de seguridad en todos los niveles, con hechos concretos y no solo con eslóganes. Esto debe ir de la mano con una agenda de paz auténtica, integral y efectiva, que no se quede en los anuncios, sino que transforme realidades en los territorios.
Porque los viajeros buscan belleza, sí, pero primero seguridad. Y nosotros, como país, tenemos el deber de ofrecer ambas. El turismo no es solo una industria: es una oportunidad de desarrollo, equidad y reconciliación. No podemos dejar que la violencia nos arrebate también eso. (Infraestructura y seguridad para mantener el crecimiento del tráfico aéreo)
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