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Opinión

María Claudia Lacouture: Colombia, destino de ritmos: una apuesta por el turismo musical

María Claudia Lacouture propone hacer del turismo musical una estrategia nacional, destacando la cumbia, el vallenato y la salsa como potencias culturales.

Colombia no solo se recorre por sus montañas, sus playas o su selva tropical. También se camina a través de su música, sus tambores, sus acordeones y sus trompetas. En cada región, la historia del país se canta y se baila; pocas naciones tienen una identidad sonora tan diversa y poderosa como la nuestra.

Colombia suena a tambora en la costa Caribe, a marimba en el Pacífico, a guabina en los Andes, a joropo en los Llanos, y a currulao, bambuco, vallenato, cumbia, salsa, porro, champeta, reguetón y más. Pocas naciones en el mundo tienen una riqueza musical tan vasta, tan profundamente arraigada en la identidad de sus pueblos como Colombia.

No obstante, el país todavía no ha logrado traducir ese patrimonio sonoro en una estrategia robusta de turismo musical, que atraiga a viajeros nacionales e internacionales y dinamice las economías locales.

En particular, tres géneros profundamente enraizados en el alma colombiana -la cumbia, el vallenato y la salsa- tienen el potencial de convertirse en pilares de una gran estrategia nacional de turismo musical:

La cumbia ya es un referente de Colombia. En América Latina, desde México hasta la Patagonia, se baila cumbia colombiana. En México está tan arraigada como las rancheras en Colombia. Es mucho más que un ritmo: es un símbolo de lo que somos. Su origen mestizo -nacido del encuentro entre las culturas indígena, africana y española en la región Caribe- la convierte en una expresión viva de nuestra diversidad y es quizá el género colombiano más reconocido internacionalmente.

Ciudades como Barranquilla, Santa Marta y Cartagena podrían ofrecer rutas de la cumbia, experiencias inmersivas, talleres de danza tradicional y espectáculos permanentes que muestren su historia y evolución. La cumbia podría ser para Colombia lo que el tango es para Argentina o el fado para Portugal: una marca país.

El vallenato, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2015, es una joya musical que ha trascendido generaciones. Los cantos de juglares nacidos en las sabanas del Cesar y La Guajira narran el alma rural y alegre de los caribes. Pero más allá del reconocido Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar, no existe aún una estrategia integral de turismo vallenato.

Imaginemos una ruta que recorra los principales pueblos vallenatos en el Cesar, Magdalena y La Guajira, con paradas en casas de compositores, plazas donde aún se tocan parrandas auténticas, clases magistrales de caja y guacharaca, y presentaciones en vivo para turistas. Esa experiencia transformaría regiones, generaría empleo y mantendría viva una tradición profundamente nuestra.

Si la cumbia es raíz y el vallenato es poesía, la salsa es energía. Aunque nació en el Caribe hispano y creció en Nueva York, en Colombia encontró un hogar vibrante, especialmente en Cali, que hoy se proclama con orgullo como la “Capital Mundial de la Salsa”. La ciudad vive la salsa en cada esquina, academia, emisora y feria. No es solo un género: es una forma de vida. En Cali, la Feria, el Salsódromo, el Festival Mundial de Salsa y las más de 100 escuelas de baile ya atraen a miles de turistas cada año.

Si otros países han hecho del turismo musical una fuente de orgullo, empleo y desarrollo, Colombia puede hacerlo aún mejor. Para lograrlo se necesita voluntad para desarrollar una política pública clara y articulada entre el Ministerio de Cultura, el Ministerio de Comercio y Turismo, los entes territoriales, la industria musical, los empresarios, la academia y las comunidades.

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