En Colombia, hablar de temporada alta es un ritual que se repite con precisión suiza: aumentan los vuelos, se llenan los hoteles, suben los precios… y colapsan los aeropuertos. Es una ecuación predecible, casi tan predecible como la falta de preparación de las terminales aéreas del país, en especial el Aeropuerto Internacional El Dorado, que cada vez que se llena (es decir, casi siempre), parece más un embudo mal diseñado que la “puerta de entrada a Sudamérica” que nos prometieron.
Aeropuertos: ¿Temporada alta o temporada de caos? El eterno colapso de las terminales en Colombia
El caos despega en cada temporada alta con El Dorado y otros aeropuertos colapsando ante el auge del turismo en Colombia, un problema que nunca aterriza.
Crítica al Aeropuerto El Dorado y otros terminales que colapsan en temporada alta por falta de preparación.
El Dorado se ufana de ser uno de los aeropuertos más modernos de América Latina. Tiene premios, placas, certificaciones, paredes de vidrio, luces tenues y zonas duty-free que parecen salidas de una revista. Pero basta que lleguen las vacaciones de mitad de año, la temporada decembrina o un puente festivo para que todo ese brillo se desvanezca entre filas eternas, caos logístico y pasajeros perdidos entre pasillos sin señalización clara. ¿La modernidad era solo de fachada? (Aeropuerto El Dorado implementa sistema que mejora la puntualidad y reduce el consumo de combustible)
Y no es que falte información. El turismo ha venido creciendo año tras año, con cifras alentadoras que, en teoría, deberían permitir planear mejor. Pero no. Las temporadas altas parecen tomarse como una sorpresa. Como si nadie hubiera advertido que en diciembre mucha gente viaja. Como si los miles de pasajeros que llegan o salen no hubieran comprado sus tiquetes con meses de anticipación. Como si la logística aeroportuaria fuera una improvisación permanente.
Los síntomas del colapso son múltiples y evidentes: demoras en los controles migratorios, saturación en las salas de espera, falta de personal de apoyo, infraestructura insuficiente, zonas de alimentación con filas interminables, maletas extraviadas, quejas por montones y un ambiente generalizado de frustración. Todo esto en el aeropuerto más importante del país. (Menos maletas perdidas: Latinoamérica mejora gestión de equipaje aéreo)
Uno se pregunta: ¿dónde están los planes de contingencia? ¿Dónde está la coordinación con Migración Colombia, con las aerolíneas, con los operadores terrestres, con la Policía Aeroportuaria? ¿Dónde está el sentido común?
Pero lo más irónico es que, mientras los aeropuertos colapsan, las autoridades siguen hablando de convertir a Colombia en un hub regional, de fortalecer el turismo internacional, de recibir más rutas, más frecuencias, más visitantes. ¿Más? ¿De verdad creen que estamos listos para más? ¿Que una terminal aérea que no soporta bien la demanda está en condiciones de recibir el doble de vuelos internacionales?
La incoherencia es evidente. Por un lado, se proyectan crecimientos ambiciosos; por el otro, no se fortalecen ni las capacidades operativas, ni el recurso humano, ni la infraestructura crítica para sostener ese crecimiento. Es como querer llenar una taza rota sin antes sellar las grietas.
Más allá del Aeropuerto El Dorado: incoherencias que nos salen caras
Y esto no pasa solo en El Dorado. Medellín, Cali, Cartagena y Santa Marta también sufren colapsos en temporadas altas. Son terminales que, salvo excepciones puntuales, no han crecido al ritmo del tráfico aéreo. A veces da la impresión de que el turista importa mucho mientras está en las cifras, pero poco cuando está en la sala de embarque. (Migración en Medellín: el 80% de los viajeros sigue usando el trámite presencial)
Todo esto genera consecuencias. Los viajeros, especialmente los internacionales, se llevan una impresión negativa desde el primer (o el último) momento del viaje. Las agencias de viajes y operadores turísticos terminan enfrentando reclamos que no les corresponden. Y la imagen del país se ve afectada, justo cuando tanto se ha trabajado por posicionar a Colombia como un destino competitivo, moderno y hospitalario.
Porque el problema de fondo no es solo de comodidad: es de competitividad. Un país que quiere tomarse en serio el turismo como motor económico no puede tener aeropuertos que colapsan con cada festivo. No puede darse el lujo de que el primer contacto del visitante con Colombia sea el caos, el desorden y la desinformación.
El crecimiento del turismo es una oportunidad enorme, pero también un reto. Y si no se invierte en infraestructura aeroportuaria, si no se capacita al personal, si no se actualizan los procesos, si no se planifica con visión y con datos, seguiremos atrapados en un círculo vicioso donde más turistas significan más problemas.
Colombia merece aeropuertos a la altura de su potencial. No solo para salir bien en las fotos, sino para responder con eficiencia, dignidad y calidad a quienes deciden visitarnos o volver.
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